martes, noviembre 30

Ya nadie escribe cartas de amor… Entrevista con el último escritorio público de Oaxaca

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Sentado en su silla de madera frente a su máquina de escribir de los años ochenta , Carlos, de 79 años, resiste ante la embestida de una era llena de herramientas de corrección automática de escritura. “Prefiero el toque humano, el contacto humano, y tristemente lo estamos perdiendo”, afirma, sus ojos desbordan melancolía. Para algunos de ustedes este concepto es familiar pero, para la mayoría de nuestros lectores – tanto locales como extranjeros – la idea de esta profesión puede generar más preguntas que respuestas. Un escritorio público es una persona que se gana la vida redactando y escribiendo a máquina desde cartas personales con anécdotas familiares o mensajes, hasta documentos públicos como: cartas de recomendación, solicitudes de empleo y peticiones monetarias para el gobierno local o estatal, para todo tipo de gente . En otras palabras, podría decirse que el escritorio público es una especie de escritor de la gente; alguien que les ayuda a obtener lo que requieren.

Carlos y yo nos habíamos dado cita en su puesto dentro del Mercado Benito Juárez. Era alrededor del medio día y el mercado bullía con vendedores, compradores, turistas y músicos; pero, Carlos se mantenía detrás de su escritorio, tranquilo e impasible ante el caos. “Pensé que no iba a venir”, dijo tan pronto me vió. “A los jóvenes a veces ya no le importa los modales”. Tomé esta indirecta como un halago y sonreí, “ Claro que iba a venir, Don Carlos. Tengo muchas ganas de  hablar con usted”. Me pareció que había pasado mi primera prueba. Y así fue, Carlos inmediatamente me contestó con una sonrisa, parecía más relajado y listo para comenzar nuestra conversación.

Foto: Scott Marc Becker

¿Desde hace cuánto tiempo ha estado haciendo esto, Don Carlos?

“Desde hace 30 años”, dijo sin dudar. En mi mente millenial, la idea de convertirse en el escritorio público de la ciudad era como una odisea, como una posición que se alcanzaba después de una especie de rito de paso.

¿Cómo puede alguien convertirse en escritorio público? ¿Se hereda la posición?

Carlos se rió de mi suposición ingenua, borrando de esta manera la epopeya que había escrito en mi cabeza. “Estaba en el ejército y vivía en Ciudad de México, pero después de muchos años me retiré y decidí regresar a Oaxaca, mi ciudad natal, por ahí de los años ochenta”, dijo. Inmediatamente noté un ligero cambio en su tono de voz. “Después de regresar, me empezó a gustar la tomadera  y por eso mi esposa me dió un ultimatum: “ O trabajas o trabaja”. Así que vine al mercado y pusé mi puesto de escritorio público. En ese entonces, había muchos como yo. Era como cualquier otra profesión, con muchos profesionales haciendo el mismo trabajo”.

Tengo que decir que me sentí bastante tonta después de escuchar eso. Ahí estaba yo, frente a un hombre a quien veía como un guardián de un portal hacia el pasado;  y ahí estaba él, modesto a más no poder, diciendo: “Pues, solo soy uno más”. Pero, ¿por qué tenía yo esa sensación? Bueno, porque, a pesar de que en el pasado Carlos había sido un escritorio público más de entre tantos que había en la ciudad, en la actualidad es el único que hay; y eso ya lo hace bastante especial.

Debe ser muy bueno para escribir y para eso de la gramática, ¿no?

“Más o menos…”, respondió humildemente, dejándome impresionada por su modestia. “O sea, sí escribo bien y conozco las reglas gramaticales; aunque las aprendí hace muchos años cuando iba en la preparatoria. Pero yo diría que el mayor problema aquí no es escribir correctamente, sino escribir bien. Por ejemplo, si vas a pedirle al gobierno algún tipo de apoyo económico o en especie, no es lo mismo decir: ‘Oigan, necesito dinero para invertir en mi cultivo o lo que sea, denmelo ya’, que pedirlo amablemente, explicar la situación y señalar por qué necesitas el dinero y por qué será útil para ambas partes. Esto es algo que los jóvenes  está empezando a olvidar. Ya no aprecian la belleza de la forma, sólo les importa hacer las cosas rápido”. Este ritmo de vida actual, en donde se busca la solución más rápida a los problemases, sin duda, la razón por la que Carlos es el último escritorio público de la ciudad.

¿Qué va a pasar cuando decida retirarse? ¿Desaparecerá esta profesión?

Seguro había pensado esto muchas veces, ya que su respuesta fue directa y sin titubeos. “Voy a hacer esto hasta el día en que me muera, después de eso mi hija va heredar el puesto. Eso me dijo, pero a lo mejor trae su computadora”. Miraba fijamente su máquina de escribir. “Pero no es lo mismo”, continuó, “a mucha gente le gusta cómo se ven los documentos escritos en estilo antiguo. Para cursos de diseño, creo. Tiene que ver con la calidad de los materiales”. Aunque esto ocurre lentamente, Carlos está seguro de que las máquinas de escribir tarde o temprano dejarán de ser instrumentos de escritura para las masas, de igual manera que la paciencia de la gente dejará de existir.  La transición no le causa ningún problema, pero no la comprende. “La máquina de escribir es mejor, no consume electricidad y es más barato repararla. Tengo esta máquina desde hace años. Cuando escribes en ella, tienes que tener mucho cuidado. Tienes que pensar en los acentos y la puntuación. Tienes que estar concentrado, y para eso necesitas tiempo”.

Seguía mirando orgullosamente su máquina, como si estuviera escribiendo algo mentalmente. .

Foto: Scott Marc Becker

Carlos, creo que tiene el alma de poeta. Le gusta trabajar con el lenguaje y reflexiona mucho sobre el tiempo y la vida. ¿No cree?

“No, no soy poeta, ¿qué pasó?”, dijo rechazando esta comparación con una actitud un tanto espiritual, como para quitarse las ínfulas. 
Insistí.

¿Está seguro? ¿Qué hay de las cartas de amor que escribe?

Los escritorios públicos – en los viejos tiempos- eran conocidos por las cartas de amor que escribían. Empezó a reírse.

“Ya nadie escribe cartas de amor, señorita. El cortejo ya no existe. No he escrito ni una sola carta en años”.

¿Pero si lo hacía antes?

“Bueno , sólo algunas veces. Esta tradición ya estaba desapareciendo cuando empecé. Pero sí recuerdo un cliente que me dijo que iba a terminar robándole a la novia si me conocía”. Parecía divertido por el recuerdo. 

Continuó, “Este es un buen trabajo, tienes mucho tiempo para sentarte y pensar. Ayudas a la gente a obtener lo que necesita echándole la mano a ordenar sus ideas. Pero tampoco es pan comido, algunas veces la gente no acepta que la corrijan, o a veces sólo quieren que escribas un montón de insultos que ni siquiera me atrevería a pronunciar frente a usted. Al final poco te dan las gracias ”. Señaló Carlos con la sagacidad que sólo la sabiduría y el tiempo dan, “Pero es un trabajo honesto y eso es lo único que importa”.

Las palabras de Carlos me hicieron pensar la manera en que solemos romantizar las cosas, de la misma manera en que yo lo había hecho antes de nuestra conversación. Quería escuchar historias de amor, y en lugar de eso obtuve reflexiones filosóficas.

Me dijo que a veces nos tomamos a nosotros mismos muy en serio buscamos aprobación o fama, mientras que lo que realmente cuenta es que estemos haciendo algo que nos parezca ‘correcto’, sin importar lo que digan los demás. Sin embargo, siento que un hombre que ha trabajado todos los días de la semana durante los últimos treinta años de su vida dedicándose a esperar que alguien solicite su ayuda y habilidades lingüísticas, tiene que ser reconocido. Nos despedimos y le recordé que estaba escribiendo este artículo sobre él porque mucha gente creía que su trabajo era realmente especial. Sonrió y me pidió que lo mantuviera al tanto. Me fui, con la sensación de que había estado en otra dimensión, donde los relojes se movían lenta y pacientemente. Me acordé de las relucientes letras negras documentos recién mecanografiados que Carlos me había mostrado. “Ve, esto no se borra, no es como el documento impreso. Los documentos escritos a máquina son de mejor calidad”.

Pasé por una tienda de computadoras de camino a casa. Los monitores irradiaban sus luces sobre las repisas amarfiladas. No todo lo que brilla es oro, pensé; puede ser tinta de máquina de escribir.

Foto: Scott Marc Becker

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9 comentarios

  1. Feni Gónzalez. on

    Paso varias veces al mes por allá y lo miro con la curiosidad por años, de que me escriba una carta, ahora si lo haré…. ♥

  2. Galen Radanowski on

    La oportunidad perecerá Oria revivir el arte casi muerto de las cartas de amo, gracias por su magnífico trabajo Sr.Carlos.

  3. Eliu Ricardo Fernández Vázquez on

    Que buen artículo, me dieron ganas de ir a conocerlo, tristemente yo radico en Durango. Le deseo lo mejor.

  4. GIBRÁN WITTMAN on

    Exactamente en qué parte del mercado de Benito Juárez se encuentra este gran señor?

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