viernes, junio 25

Un salto de fe en la Sierra Norte

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Una brisa fresca de montaña adormeció mis huesos mientras apretaba los dientes y subía a la plataforma. ¿Por qué estaba tan nervioso? El arnés estaba sujetado segura y firmemente, el casco se ajustó igual de bien, y ya otros habían pasado por esto antes. No tengo mucho miedo a las alturas, pero este momento fue diferente: fue mi primera experiencia en tirolesa. Y no cualquiera, sino una en la cima de una montaña en la Sierra Norte de Oaxaca y de unos mil metros de largo. Sentí que se hundió mi corazón hasta las rodillas cuando pisé la orilla y despegué hacia lo que parecía un abismo…

Todo comenzó con lo que uno llamaría una visita típica al Día de Plaza en Domingo en Tlacolula. Ya conocen la rutina: un par de amigos visitando Oaxaca, preguntan por recomendaciones para el fin de semana, y sugerimos el Día de Plaza, y al final proponemos: “¡Oye! ¡Vamos todos juntos!”

Como es de esperarse, ¡el mercado estaba a reventar! Vendedores instalando sus verduras; mujeres acomodando sus chiles con rebozos envueltos en su cabeza y portando delantal; un hombre empujando un carrito cargado de artículos gritando ¡Viene, viene!; un pasillo humano de mujeres vendiendo tortillas preguntando “¿Blaaaandaaaa? ¿Tlayuuuudaaaaa?”; una mujer y sus cinco niños corriendo para alcanzar la celebración de misa a las once de la mañana… todo esto entre una cortina de humo proveniente del pollo rostizado al carbón y los anafres calentando los tamales. Nos acomodamos para almorzar en uno de los puestos de barbacoa dentro del mercado principal para disfrutar de un maravilloso caldo y tacos de chivo, la comida estrella de Tlacolula.

Nos sentamos uno frente al otro sobre bancas de fierro a lo largo de una mesa estilo picnic, compartida con otros comensales. Recuerdo bien lo que pedí: la porción grande de caldo de barbacoa, acompañado con un montón de tortillas hechas a mano y servido con carne de masisa, por favor. ¿Y por qué no un par de cervezas para celebrar la salida? Dos hombres al otro lado de la mesa levantaron sus cervezas e inclinaron sus cabezas ligeramente hacia abajo cuando recibimos las nuestras, y en respuesta nosotros levantamos las nuestras y sonreímos, aceptando sus caluroso»¡Salud, compañeros!” Cuando fuimos terminando de comer, el primer caballero se deslizó por la banca acercándose y preguntó de qué país estábamos visitando (¿fué tan obvio? ¡Por supuesto que sí!). Su compañero interrumpió añadiendo que ellos eran de un pequeño pueblo en la montaña, aquí nomás, un viaje muy, muy cerca. Describieron las diferentes actividades que su pueblo tenía para ofrecer y nos convencieron: ¡cambio de planes para mañana! ¡Nos vamos a Cuajimoloyas!

Tal como lo describieron, el viaje hasta su pueblo fue agradable y no demasiado largo. Aproximadamente a una hora y cuarenta minutos en auto desde Oaxaca, tomamos la carretera que conduce hacia el pueblo de Díaz Ordaz desde Tlacolula, y al llegar a dicho pueblo giramos a la izquierda en el cartel que indica el camino a la sierra. Después de sólo unos pocos minutos de una fuerte subida, nos encontramos con una buena cantidad de curvas cerradas, pero fue genial bajar las ventanas del carro y disfrutar del viento frío de montaña que llegó rápidamente después de alcanzar el sendero de la montaña. Pinos tan altos como torres cubrían los rayos del sol, y en ocasiones pasamos una que otra vaca o borrego pastando, acompañados por su pastor de confianza. Acercándonos a la cima, pudimos sentir el aire fresco y húmedo escalando nuestra piel, anunciando que habíamos llegado a nuestro destino.


Condujimos hasta la cabaña principal encontrando un centro de información para las actividades de ecoturismo en Cuajimoloyas. Fuimos recibidos por nuestros dos compañeros de barbacoa, quienes pasaron a formar parte de la comisión de ecoturismo del pueblo. Se dispusieron alegremente a mostrarnos sus numerosas actividades de montaña: una agradable caminata por el bosque, paseos a caballo y lo que nos pareció una muy atractiva tirolesa. Con una extensión de casi un kilómetro, la increíble tirolesa lleva a los visitantes de un extremo a otro del pueblo. Tendríamos que caminar hasta la plataforma, ya que sus motocicletas todo-terreno de cuatro ruedas estaban fuera de servicio, pero el clima era lo suficientemente agradable como para decidir que valía la pena caminar. Nunca antes había subido a una tirolesa, y mis expectativas estaban un poco alteradas, ya que nunca había sido tan intrépido para este tipo de cosas. Pero por el bien de la visita de nuestros amigos, todos acordamos intentarlo juntos y disfrutar el momento.

¡La caminata por la colina fue un gran ejercicio! Necesitamos un momento para recuperar el aliento antes de pasar a la plataforma de despegue. Apenas cuando mi corazón estaba alcanzando su ritmo normal, los guías ya nos habían equipado con un arnés y un casco, y de nuevo comenzó a latir con fuerza en mi pecho. Observé nerviosamente mientras mis compañeros “tiroleses” despegaban, deslizándose a carcajadas a lo largo del camino a través del valle. Tragué saliva ya que sabía que era mi turno. Al subir a la plataforma, el instructor conectó mi arnés a la tirolesa y al clip de seguridad. De repente, una suave brisa sopló sobre la montaña, despejando el camino para mi salto de fe hacia el vacío. Agarrándome fuertemente de la cuerda, salté hacia adelante y sentí un hueco en el estómago cuando la tirolesa avanzó. Pero en lo que pareció ser una fracción de segundo, mi alma regresó a mi cuerpo, percibiendo una linda sensación de calma a mi alrededor.

La tirolesa fue, de hecho, muy agradable; su velocidad no tan rápida como esperaba. Miré las casas y las parcelas del pueblo y admiré los colores y las texturas desde arriba. Era una excelente manera de ver todo el pueblo, y en unos minutos, estaba aterrizando suavemente en una pendiente al otro lado del valle. Después de la tirolesa y una caminata en el bosque, disfrutamos de una excelente comida en el comedor de la comunidad, que consistía en una deliciosa sopa de verduras y quesadillas, asadas en un comal sobre un fuego de leña. La visita a Cuajimoloyas fue una gran experiencia, tranquila y estimulante. Los bosques de la Sierra Norte nos conquistaron con todo su encanto; su gente es tan acogedora, seguramente te sentirás tan enamorado si alguna vez te atreves a darle la oportunidad de sorprenderte.

 

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