miércoles, septiembre 23

Todo lo que puedas imaginar: Una visita al Valle de Tlacolula

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¡Llegó el domingo! Día de descanso, día de familia, día de pasear. Aunque en mi caso siempre es un debate en casa: decidir entre completar los pendientes que quedaron colgados en la semana o tomarse el día para hacer algo divertido y desconectarse. Pero Oaxaca es versátil e ingeniosa para sacarnos del apuro, sobre todo con mi hija que siempre prefiere ir al parque y tomar una nieve que a comprar los víveres de la semana.

A menos de 1 hora de camino de la ciudad de Oaxaca, hay una gran variedad de sitios para visitar, desde monumentos históricos, áreas naturales de belleza espectacular y un sinnúmero de pueblos que ofrecen una gastronomía única. Además, cada domingo, sin falta, es día de plaza en la comunidad de Tlacolula. El día de mercado allí es una aventura en sí misma, aún si sólo vas para asistir a misa en la iglesia del Señor de Tlacolula o por tres kilos de aguacate criollo. En domingo, sus calles principales se convierten en un carnaval de comerciantes con los clásicos gritos “¡Llévelo, llévelo!”, “¡Ahí va el golpe!” Hay pasillos de frutas y verduras que se despliegan como un arcoíris de colores, los siseos como serpientes del aceite que fríe los tacos dorados y el silbido del chico que trata de abrirse el paso con la canasta de pan. 

Foto: Isahrai Azaria

Durante el recorrido por el pasillo principal que conduce al mercado municipal, pasamos frente al puesto de pollos rostizados  en el cual me compro  una bolsa de papas cocidas bajo las brasas y, casi como un ritual de día de plaza, las saboreo mientras continuamos la peregrinación. Observamos que en cada puesto se vende una gran variedad de productos, tanto locales como foráneos:  molinillos y cajetes, ollas de peltre, DVDs clonados, nieves tradicionales, nieves de marca, nieves en bolsas llamadas “bolis”, pulque y tepache, cinturones de cuero, mesas con botellas de mezcal de variados sabores, chiles secos, botanas y semillas. Todo lo que te puedes imaginar se despliega desde la calle principal de Tlacolula hasta el mercado. 

Una vez allí, nos recibe lo que parece un comité de bienvenida: una hilera de mujeres portando delantal, con canastos profundos como barriles, llenos de tortilla blanda o tlayuda, hechas de maíz nativo de color dorado, azul pardo y blanco hueso. Aquí encontramos también todas las especialidades del pueblo: podemos probar el pan de cazuela, hecho con chocolate, canela y pasas; o quizás una barbacoa de chivo, de preferencia en caldo para que rinda un poco más la carne y las tortillas; o qué tal suena un tejate para beber en jícara o una nieve de limón con tuna en copa. Si acaso nos queda un huequito en el estómago, damos un paseo por el pasillo del humo, la zona de carnicerías y asadores. Elegimos las rodajas de tasajo favoritas, las recibimos de manos del carnicero en una canasta abierta como charola junto con una pieza de grasa –“el gordito”, le dicen– que se usa para engrasar la carne y darle más sabor. Como por arte de magia, aparecen varias señoras portando mandil y pañoleta, llevan cebollas de campo y chiles de agua que, de manera automática, acomodamos sobre la parrilla para que el tasajo se sienta acompañado.

Foto: Isahrai Azaria

Foto: Isahrai Azaria

A un costado del mercado, la iglesia celebra misas casi toda la mañana; no obstante, está permitido entrar y admirar su capilla lateral de expresión barroca: líneas y rizos dorados entre relieves blancos, decorados con espejos y figuras que muestran de manera sombría y explícita la manera en que murieron los santos y mártires del catolicismo traído a América. Al salir del atrio de la iglesia notamos que, por todas las cuadras que rodean el templo, aparecen  artesanías de toda la región y, un poco más lejos, encontramos familias que vienen de pueblos cercanos y traen sólo lo que lograron cosechar en la semana. Tras comprarles un poco de manzanilla, aguacate criollo y mandarinas, terminamos de juntar los víveres y decidimos tomar un descanso del mercado y seguir explorando la zona. 

A 10 minutos de Tlacolula, nos encontramos con el sitio arqueológico de Yagul, donde los trabajos de restauración de esta antigua ciudad zapoteca nos permiten interactuar con el espacio, subir las escalinatas de sus templos o bajar hasta el juego de pelota y correr por sus costados. Así conocemos no sólo su pasado, sino también el futuro a través de la imaginación de sus más pequeños visitantes quienes crean en tiempo real un nuevo universo extendido por todas sus construcciones. El recorrido nos lleva por pasillos laberínticos, cámaras ocultas y tumbas con figuras y motivos tallados sobre la piedra, elementos vitales para completar la aventura. Al final del recorrido, subimos el peñasco que protege al sitio; estando arriba es fácil pensar que quienes construyeron dicha ciudad eligieron este lugar para mantener el control de sus tierras, ya que desde ahí se puede mirar todo el Valle de Tlacolula.

Foto: Isahrai Azaria

Después de ese intenso paseo, comenzamos el regreso hacia la capital oaxaqueña, pero antes, decidimos desviarnos al pueblo de Tlacochahuaya para un último tentempié. Esta pequeña comunidad campesina alberga una de las iglesias más impresionantes en términos visuales. Los muros interiores del siglo XVI en este templo –llamado San Jerónimo en honor al santo patrono del pueblo– están cubiertos por querubines y motivos florales en tonos claros de rojo, azul y verde, acomodados de tal manera que parecieran un gran lienzo de algodón extendido por todo el espacio. Las figuras y retablos tallados son impresionantes y, sobre la entrada principal, en el espacio del coro, un majestuoso órgano del siglo XVIII contempla armoniosamente el templo en su totalidad desde lo alto.

Salimos del templo inspirados y, para satisfacer el alma por completo, decidimos tomar una refrescante nieve tradicional justo afuera del atrio. Miramos dentro de las garrafas: ¡es increíble la cantidad de sabores! Ralladura de limón, tuna, fresa, mango, leche quemada, beso de ángel, guanábana –algunas hechas de agua, otras de leche. Pero todas con su particular aroma y color, tan variadas y únicas como las personas que habitan los pueblos de estos valles, reunidas cada domingo en la gran garrafa conocida como Tlacolula.

Foto: Isahrai Azaria

Foto: Isahrai Azaria

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