Ana es la primera mujer de su familia con un taller propio. Solo sus hermanos varones se habían independizado.
—¿Por qué un taller propio, Ana?
—Es mi libertad —me dice, y se ríe como si hubiera hecho una travesura.
Atzompa está cerca y lejos de la ciudad de Oaxaca. Siete kilómetros, treinta minutos de tráfico y polvo la separan del centro histórico. No es un pueblo aislado, pero tampoco una colonia más de la ciudad. Ana está dentro y fuera de la tradición familiar. Su vida transcurre en ese hermoso y fértil espacio limítrofe.
Desde los años ochenta, la mamá de Ana abría su taller a los visitantes, a diferencia de otras familias. Mostraba la técnica y el proceso, y comprendía que de la vista nace el amor… y la compra.

Fotos de Carlos Villalobos para TOE Travel
No es cosa fácil. Los talleres de alfarería en Oaxaca están dentro de las casas. Abrirlos significa recibir desconocidos en la intimidad de la cocina, la sala y los patios, con sus perros, sus pollos y su vida.
—Empecé a dar talleres para viajeros hace dieciocho años y no me canso. Me encanta hablar con la gente.
Se le nota. Su paciencia no se ve forzada cuando sus alumnos —como yo— hacemos girar torpemente el torno sin obtener mejor resultado que una bola de barro o una taza chueca.

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A ochocientos metros del taller se encuentra la zona arqueológica de Atzompa, que formó parte del sistema de cerros de Monte Albán y fue habitada por familias de la élite zapoteca. Desde lo alto de la montaña se mira todo el valle de Etla y Monte Albán, con vista 360. Mi parte favorita del sitio: las bancas bajo los árboles para tomar la sombra y un cafecito.
Atzompa es monumental y ostentosa: grandes residencias privadas y amplias plazas; el mayor juego de pelota del conjunto de Monte Albán; tumbas familiares, espacios ceremoniales, escalinatas y hornos. Las vasijas efigie del Señor Ocho Temblor y la Señora Agua fueron encontradas en una de sus tumbas. En las áreas domésticas encontraron hornos. El barro y el fuego estaban desde entonces cerca de casa, cerquita de lo cotidiano.
—Yo ahí, en las pirámides, jugaba. Me escapaba de mi mamá y subía, pero nada más se metía el sol y bajábamos todos corriendo. Siempre sentimos que allá espantaban.
Ana cuenta que los niños todavía encuentran figurillas prehispánicas mientras juegan fútbol en las canchas del pueblo.

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De esa tradición de más de diez siglos surgieron en Atzompa alfareras y ceramistas como Teodora Blanco, Adelina Maldonado y Dolores Porras. María Elena López Pacheco, que estudió a fondo sus trayectorias, dice que todas tuvieron que abrirse camino dentro del ámbito familiar. Pertenecer y separarse al mismo tiempo. A muchas nos resulta familiar.
Desde los años noventa, Atzompa ha vivido varias mareas. La preocupación por los esmaltes con plomo golpeó las ventas del barro verde y obligó a buscar esmaltes sin plomo, otros hornos y nuevos acabados. El verde no desapareció: hoy ese vidriado convive con el barro natural, las piezas cocidas en reducción de oxígeno, los engobes, la policromía, un pastillaje cada vez más fino y la cerámica de alta temperatura. Hoy, en el municipio, hay más de cuatrocientas unidades dedicadas a la alfarería. Las piezas viajan por Instagram antes que en camioneta, aunque la visibilidad no siempre se traduce en una venta.

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Ana recibe ideas que llegan de lejos. Ha trabajado con un artista japonés de apellido Suzuki (el nombre completo se le escapa), con Pedro Pablo (conocido como Arch) y con el cubano Llane Alexis. Ellos llegan con un diseño; Ana encuentra la manera de levantarlo en barro, cocerlo y hacerlo posible. En el camino, participa en su creación.
Suzuki le contó que en Japón existe desde hace siglos una vasija con dos largos tubos para beber, utilizada por una pareja durante un ritual de matrimonio. Ambos beben al mismo tiempo. Ana reconoció la forma. Una vasija casi idéntica existe también en Atzompa. Dos pueblos muy lejanos llegaron por su cuenta al mismo barro compartido.

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Ana enseña ahora a sus hijas. Ellas moldean, hornean, atienden a los visitantes y manejan las redes sociales del taller. La más pequeña hizo el vaso mezcalero más particular que haya visto: un vaso-toro bastante juguetón. Compré cuatro.
El taller propio de Ana (sí, yo también pensé en Virginia Woolf) es la manifestación física de su libertad: el espacio ganado para decidir qué piezas se elaboran, con qué materiales, en qué partes de la casa se trabaja, a qué precio se venden y dónde se exponen.
La libertad de hacer, deshacer y equivocarse. Ahora esa libertad lleva sus piezas a Zona MACO y a Japón. Ana va con su familia. El taller propio no la separó de ellos.
* Este post fue patrocinado por TOE Travel Studio *

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