miércoles, septiembre 23

Los reinos que habitan el manglar en La Ventanilla

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En un mediodía de invierno, el sol cae pleno sobre las plantas de flor de jamaica en el pequeño sembradío a la entrada del centro de ecoturismo La Ventanilla. Este proyecto comunitario que protege el manglar y los reinos animal, vegetal y mineral que lo habitan, se ubica en Santa María Tonameca, Oaxaca, a unos minutos de Mazunte y San Agustinillo, playas majestuosas y bravas del pacífico. Como una bienvenida antes de adentrarnos al manglar donde anida una gran diversidad de aves y reptiles, las flores rojas y espigadas del hibiscus brillan con intensidad. Caminamos por una calle rústica hasta adentrarnos en la espesura de árboles y palmeras de troncos trenzados de principio a fin que parecen lomos ásperos de cocodrilos retozando al sol. El guía nos cuenta que el follaje de esas palmeras servirá más tarde para tejer los techos de las casas y así recuperar la arquitectura mesoamericana sustentable.

Mientras nos dirigimos hacia la laguna, el sonido del mar que sólo se encuentra a unos metros del manglar se vuelve más intenso; bajo nuestros pies la arena luce negra porque apenas a seis metros de la superficie hay lava volcánica que origina ese color oscuro de obsidiana o petróleo.

Photo: Chucho Potts

​Navegamos en La Iguana, una barca que se abre paso en las aguas rojas de la laguna; aunque sus remos de madera nos llevan con lentitud y abren la superficie del agua con delicadeza para mostrarnos el color granate del fondo, no dañan el proceso purificador llevado a cabo por el mangle rojo. Los habitantes involucrados en este proyecto cuidan que cada elemento sea armónico con el ecosistema. Entonces navegamos en una laguna enigmática habitada por alrededor de 71 especies de aves residentes y migratorias, sólo que en esta época del año podemos ver grullas, patos buzo, garzas reales de patas negras, algunas águilas y colibríes.

 ​Sin duda lo más imponente de esta escena donde el guía nos informa en inglés todo lo que sabe de esta reserva es el encuentro inesperado con los cocodrilos. Algunos permanecen con el 90% de sus cuerpos sumergidos bajo el agua y sólo nos permiten ver la orilla de sus lomos áridos como si fueran icebergs de piedra; otros permanecen con sus cuerpos enteros tomando baños de sol para entibiar su sangre fría, con las fauces cerradas y la mirada vigilante. La adrenalina de navegar tan cerca de estos reptiles se disipa cuando encontramos tortugas, grullas, patos buzo, garzas reales de patas negras, garzas ibis, garzas verdes. Desembarcamos en una isla minutos después de saber que estamos en un santuario, rodeados de 400 cocodrilos que viven entre 70 y 75 años.

Photo: Salvador Cueva

Photo: Salvador Cueva

La Isla

Layú galaa nisado’

En una ex fábrica japonesa del siglo pasado, los pobladores de La Ventanilla habilitaron La isla, una reserva comunitaria donde se encuentran caimanes, venados de cola blanca, cocodrilos de río y de pantano, monos araña, además de un comedor donde probar algunas delicias de maíz criollo y adquirir productos orgánicos. Uno de los personajes principales de este lugar es Yupi, el mono que lleva su oso de peluche a todos lados y se deleita comiendo quesadillas. También hay un mono capuchino que, como tantos otros animales en cautiverio por muchos años, se rehúsa irse porque le es imposible sobrevivir en su hábitat. Ambos son parte de las especies decomisadas por la institución de protección de animales en México y puestas a cargo de La isla para su cuidado.

Aquí los venados de cola blanca poseen un espacio repleto de árboles de pomarrosa donde un olor dulce emana de cada fruto partido en la tierra. Recojo uno y un venado bebé se acerca con la curiosidad nerviosa que solo un animal libre y joven podría tener: observa y olisquea, se aproxima a la pomarrosa y come de la palma de mi mano hasta que su madre lo empuja con el resto de la manada que se dirige a comer sal para engordar.

Photo: Salvador Cueva

Photo: Salvador Cueva

Photo: Salvador Cueva

Avanzamos por la isla hacia los estanques con cocodrilos y caimanes. Inesperadamente, los reptiles están sueltos a pocos metros de nosotros; libres e inmóviles en el pasto, con la mirada indiferente. Como en una postal, una iguana, un garrobo, dos cocodrilos y cuatro zopilotes retozan con mansedumbre este día de invierno; caminamos junto a ellos para conocer el pequeño museo donde se exhibe el esqueleto de un cocodrilo de 35 años y algunas serpientes en soluciones salinas. Aunque sin duda, probar la comida hecha con ingredientes nativos de la zona –tortillas del comal, caldo de pescado, quesadillas de flor de calabaza– es el bálsamo perfecto que calma nuestra adrenalina antes de seguir adentrándonos en el manglar.

Alrededor de dos horas después de ese viaje al centro de un ecosistema radiante, el señor Agustín Reyes Sánchez, integrante y guía en el proyecto, nos regresa a tierra y nos cuenta que ha recorrido el mundo aprendiendo y enseñando sobre su experiencia en La Ventanilla, una comunidad que se dedica a la conservación y rehabilitación del manglar, el hábitat de cocodrilos, tortugas, aves entre otras especies en peligro de extinción. Las mismas flores de jamaica continúan brillando y nos despiden de este sitio habitado por mundos animales, vegetales y minerales que respiran y laten dentro del corazón rojo del manglar en La Ventanilla.

Photo: Chucho Potts

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