“El papel, desde hace un poco más de dos mil añitos, es el fundamento de la vida cultural del ser humano. En él se han escrito profundas verdades y superficiales mentiras, se ha manifestado el espíritu humano, se han concretado planes, dictado sentencias, se le ha usado como moneda, se han deforestado bosques, contaminado agua, nos ha limpiado el culo y hemos matado”. —Alberto Valenzuela.
En el exuberante pueblo montañoso de San Agustín, Etla, escondido a la derecha de la iglesia al llegar al famoso Centro de las Artes San Agustín, se encuentra Papel de Oaxaca, el taller del maestro papelero Alberto Valenzuela.
Aunque su taller es como un jardín secreto, Alberto recibe a los visitantes con los brazos abiertos y con el entusiasmo por compartir su pasión en torno al arte del papel. Él teje su filosofía con la experiencia de su oficio: “[El papel] se parece tanto al ser humano: tiene memoria, es frágil, puede volar o ser carne del fuego, navegar en un charco después de una lluvia. Para hacer papel lo único que se necesitan son ganas de crear·.

Alberto comenzó la carrera de Biología, lo cual es evidente en su conocimiento acerca de las plantas locales y las fibras utilizadas en la fabricación de papel. Sin embargo, abandonó ese camino científico en 1986 para dedicarse a su práctica creativa.
Comenzó a reciclar papel en un taller de grabadores donde trabajaba en Querétaro. Explica que en esa etapa logró cubrir algunas necesidades particulares, como conocer el “sustrato” sobre el cual dibujaba.
>Originario de Veracruz, Alberto llegó a Oaxaca en 1995, donde conoció al artista Juan Alcázar, quien estaba interesado en explorar las posibilidades del papel. Alberto recuerda: “había negociado con los artistas finlandeses Harry Lepanen y Vaisky Putkonen, los que nos capacitaron para la manufactura de papel de algodón tipo europeo”.

Al principio, el proyecto de papel no tenía sede, así que Alcázar recurrió al artista y filántropo oaxaqueño Francisco Toledo para obtener su apoyo. Alberto recuerda que “para ese entonces ya era el artista mexicano que más y mejor vendía, había fundado el IAGO”.
Toledo estaba aparentemente escéptico del proyecto, pero el entusiasmo de Alberto fue alentador. Pronto se hicieron amigos y trabajaron juntos desarrollando el taller de papel en San Agustín, Etla. Alberto describe la intensa motivación del prestigioso artista, “avanzaba como un demiurgo apareciendo condiciones y cosas para realizar; objetivizar (sic); concretar. Francisco el amigo, era impredecible, desconfiado. Toledo, el estratega, nunca revelaba sus planes”.
Al trabajando con Toledo, Alberto se sentía “como buen aprendiz de brujo”. Estaba aprendiendo a dar sentido a una “una cascada de sucesos con un fin inesperado”, hasta que él también aprendió a crear planes, a «hacer ruido guardando silencio.» Este plan no era otra cosa que «construir un pueblo de papeleros”.

Mientras buscaban un lugar para desarrollar esta idea, hubo un terrible incendio en los bosques de San Agustín, Etla, lo que fue una señal para continuar desarrollando más proyectos en esta comunidad.
San Agustín es un lugar con una historia ligada al agua. Alberto describe cómo los primeros asentamientos humanos aprovecharon los escurrimientos de agua en estas suaves montañas, y así lograron desarrollar la agricultura. Cuando llegaron los españoles, encontraron las condiciones idóneas para sembrar trigo y establecer molinos.
Entonces construyeron una planta hidroeléctrica y una fábrica textil impulsada por el agua y trajeron trabajadores de otras áreas, lo que cambió la dinámica en el pueblo; pasaron de ser campesinos que se apoyaban comunitariamente a trabajadores de una fábrica.
Alberto explica que estos factores son la razón por la cual la comunidad de San Agustín es única, diferente a los pueblos aledaños como San Sebastián, el cual sí mantiene su práctica agrícola y campesina.

A medida que la industria textil decaía, los trabajadores de la fábrica necesitaron otras oportunidades. Con la ayuda de Toledo, la hermosa antigua fábrica textil se convirtió en un espacio de residencia artística que funcionaba con la condición de involucrar a la comunidad local.
El papel requiere acceso a una cantidad abundante de agua, por lo que el Centro de las Artes de San Agustín contaba con el entorno perfecto para desarrollar el taller de papel. Finalmente, el proyecto de Alberto había encontrado una casa.
Alberto recuerda los desafíos para desarrollar el proyecto, pero también la gran satisfacción que le dio construir una familia de artesanos: “El principal desafío: integrarse a la comunidad sin desaparecer en ella. Enseñar sin aleccionar, aprender de todos… nunca acomodarte”.
En algún momento, Toledo y Alberto siguieron caminos distintos, cada uno desarrollando proyectos en relación a la fabricación de papel. Ahora, la tradición de hacer papel ha pasado a formar parte del tejido de San Agustín, con muchos tipos de talleres diferentes.

Cuando visité por primera vez el taller de Alberto, me quedó claro que su arte iba más allá de fabricar papel. Una vez que entras al taller, las herramientas de su oficio dominan el espacio; canastas de diferentes fibras, tamices, prensas y rollos de papel están por todos lados. También hay pilas de libros, macetas, lámparas, sombreros, máscaras, colgantes y joyas hechas con papel.
Durante su trabajo, Alberto deja que el material le hable. No comienza con un plan particular, sino que espera ver qué evoluciona durante el proceso.
Al hablar específicamente sobre su decisión de crear una gama de joyas, Alberto explica: “todo tiene sus causas. En este caso, encuentro la causa en la historia de un enajenado, un loco que vivía en una cueva cerca del pueblo y vivía una realidad diferente a la aceptada por la comunidad. Alguien encontró su escondrijo y en él, dos o tres objetos parecidos a collares con una clara intención estética. Esta historia me hace pensar en este impulso ancestral que sentimos hacia lo bello o en cómo transformamos nuestro entorno transformándonos, imitando”.
“Modificamos nuestro cuerpo. Nos adornamos respondiendo a un impulso, yo diría, casi animal. Imitamos para comunicarnos y tomamos prestadas las formas de la naturaleza y con ello construimos un lenguaje que nos libere de nuestra soledad”.

Conocí a Alberto por primera vez a través de su trabajo cuando elaboraba etiquetas para marcas de mezcal. Fue maravilloso ver cómo un elemento de desecho que provenía de un producto integral oaxaqueño era reciclado y utilizado para elaborar hermosos productos de papel. Los tonos naturales y cálidos, y las visibles fibras de agave evocaban la historia detrás del mezcal y comprometían al consumidor en el diálogo sobre prácticas sostenibles.
Ahora Alberto está colaborando con el maestro mezcalero José Santiago López para desarrollar un segundo taller en el pueblo productor de mezcal de Santiago Matatlán, donde estarán entre la fuente natural de fibras de agave. Este taller estará abierto para que los visitantes aprendan y participen en la historia de la planta, la fibra y el arte.






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