miércoles, septiembre 23

Sueño con Apoala: Donde el mito mixteco se encuentra al refugio en la naturaleza 

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Sueño que puedo verme caminando en un bosque fantasma… con robles milenarios, con hilos de musgo colgantes que se balancean ligeramente en el suave y fresco viento, espectros flotantes del pasado que me miran pasar. Sigo el estrecho camino ascendente y me lleva a una hermosa y encantadora cascada color esmeralda, mientras el agua cae, el fresco rocío envuelve mi cara y mis brazos. Camino de nuevo, el curso del río me lleva hacia arriba; a lo largo del camino encuentro conductos que rodean lotes de grandes cultivos de oro puro, los cuales bailan en el viento al ritmo del agua que los rodea y que es clara como el cristal. Llego al final, donde el río separa la tierra y dos idénticos titanes de piedra surgen para cuidar el más preciado tesoro. Bajo hasta el interior de la cueva, donde encuentro este tesoro: un ojo de agua, un manantial, que da vida al resto del irradiante Jardín del Edén. Es como el manantial que mencionan en las leyendas locales, que dió vida a los dos árboles, los cuales, a su vez, crearon una civilización. Apoala, donde los dioses mixtecos crearon al hombre mixteco.  

Foto: Rebecca Bailey

El pueblo de Santiago Apoala yace al fondo de un empinado sistema de cañones, en medio de las montañas de la región de la Mixteca en el norte de Oaxaca. Aunque no parece estar lejos, es casi un viaje de tres horas en auto o van desde la capital del estado. Después de pasar por Nochixtlán, nos dirigimos hacia el norte, atravesando estrechos caminos de tierra, bosques fantasmas repletos de robles, y paisajes secos y áridos que te hacen preguntar cómo los agricultores locales logran cultivar algo en esos lugares. Después de pasar por un par de pueblos, el camino nos lleva hasta el borde del cañón. Miro hacia el abismo y siento un agujero profundo en mi estómago, no por el vértigo, sino por mirar hacia abajo y darme cuenta que era lo mismo que en mi sueño:  un área verde rodeada por titanes de piedra. Fue como si el jardín supiera que yo iba a ir.  

Desde aquí, la única manera para llegar al pueblo es bajando en zigzag por el sendero que rodea la cuenca de la montaña, llegando directamente a la entrada de Apoala. Primero, hicimos contacto en las oficinas de turismo, donde fuimos recibidos por el comité de ecoturismo. Pagamos las entradas y nos mostraron nuestro alojamiento: unas cabañas de madera localizadas al final del pueblo. Decidimos refrescarnos en las cabañas antes de regresar a la oficina de turismo para el almuerzo. Luego, dimos un paseo río abajo hacia la cascada principal, la Cola de Serpiente. 

La caminata hacia abajo es bastante segura; casi todo el camino cuenta con escaleras construidas por los locales, con algunos pedazos de piedra y lodo que hay que enfrentar. ¡Aun así, el escenario es espectacular! A cada paso que das, te encuentras con montañas boscosas y densas que tienen una mezcla de especies subtropicales; un verdadero milagro de la naturaleza, si se tiene en cuenta lo seco que es arriba. Paso a paso, fuimos llamados por el reconfortante sonido del agua, el cual aumentaba a medida en que bajábamos. Durante el camino, nos detuvimos y admiramos las brillantes piedras verdes sobre las cuales cae el agua, cómo si se trataran de las escamas coloridas y ásperas del “dios serpiente” deslizándose hacia el inframundo. Finalmente, llegamos al magnífico sitio donde se hace el ensordecedor encuentro entre la serpiente y el fondo del río, formando una gran alberca, lo suficientemente profunda como para entrar en ésta mediante un “clavado olímpico” para refrescarse de la caminata.  

Foto: Rebecca Bailey

Foto: Rebecca Bailey

Durante el camino de regreso a las cabañas, tuvimos que atravesar todo el pueblo. Apoala es principalmente un pueblo agricultor, así que no fue sorpresa encontrar lote tras lote de maíz, cosechas de trigo y pequeñas casas hechas con una combinación única de piedra, adobe, madera con secciones de ladrillo rojo y concreto. Animales de granja, como bueyes, caballos, vacas y pollos se nos quedaban viendo mientras nos paseábamos. Ni un alma en las calles; el atardecer se acercaba y la gente se estaba preparando para recibir la noche. Empecé a observar que alrededor de cada lote o casa había algunos canales por los que fluía el agua, generando bloques de tierra en forma de rectángulo, conectados entre sí para preservar el curso del río hacia abajo. Mientras nos acercábamos hacia el borde del pueblo, donde se encontraban las cabañas, pude ver que los pobladores habían dividido el río en un sistema de canales que puede abrirse o cerrarse para dirigir el agua hacia un lote en particular. Este sistema les permite sacar ventaja de este preciado recurso, sin comprometer el curso natural del río que se dirige hacia el cañón. Fue asombroso ser testigo de la manera en que la gente de Apoala vive en armonía con la naturaleza. A medida en que se acercaba la noche, seguía pensando que todo lo que había visto ese día había estado presente, de una u otra manera, en el sueño. 

A la mañana siguiente, después del desayuno, seguimos el río principal hasta el cañón. El camino nos llevó hacia uno de los lados de la quebrada, un camino mucho más difícil que aquel que baja hacia la cascada. La diversidad de plantas creciendo alrededor era impresionante. Una gran variedad de cactáceas y agaves se abrazan a las rocas por su vida y, hasta arriba, diferentes tipos de palmeras y plantas se asomaban mientras intentábamos avanzar lo más que podíamos. Después de un rato, el camino rocoso y complicado nos mostró que necesitábamos mejor equipamiento y más experiencia para continuar el recorrido, así que decidimos regresar al pueblo.

Foto: Rebecca Bailey

Mientras salíamos del cañón, nuestro guía nos señaló otra maravilla: La Gruta. Decidimos que valía la pena mirar y empezamos a subir por sus pendientes lodosas. Esta cueva se encuentra al fondo de la montaña y esconde una fuente natural de agua que alimenta al río. La fuente era muy profunda como para alcanzarla, pero se podía oír claramente. Entonces me dí cuenta de que se trataba del lugar de la leyenda mixteca donde habita  el manantial a partir del cual surgió la vida. Fue un sentimiento maravilloso. 

Terminamos el viaje con una cena encantadora en la sala principal del pueblo, en la oficina de turismo. De nuevo, nuestra comida suculenta fue preparada por las cocineras del pueblo; una copiosa sopa de frijol negro, con tal sabor que se podía percibir la tierra en la que habían crecido; calientes y generosas tortillas de maíz criollo; un pedazo de queso fresco para acompañar ambas,  derritiéndose como una crema agridulce en nuestras bocas. Intercambiamos notas personales sobre nuestras aventuras en la tierra de los mixtecos, riendo y festejando juntos hacia la noche. El viaje a Apoala fue, verdaderamente, una fuente de inspiración e introspección. La belleza natural que la rodea, asociada al ingenio y calidez de su gente, hacen la visita a este lugar una experiencia inolvidable. Estoy ansioso  de poder volver, y con suerte (¡y la marea baja!) poder presenciar la fuente de agua en la cueva que da vida a este Jardín del Edén y a una civilización entera.

Foto: Rebecca Bailey

Foto: Marie Bauer

Foto: Rebecca Bailey

Foto: Marie Bauer

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