jueves, octubre 22

Francisco Toledo: ceniza entre las flores de guie´ chaachi

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Había transcurrido una semana desde que las mariposas negras revoloteaban en mi casa. Una se había posado sobre la pared hasta secarse y morir días después. Otra apareció en las escaleras; alguna más se atravesó en mi caminata nocturna rumbo al centro de la ciudad. Cuando llegué al trabajo, descubrí que las alas negras y polvosas de otra se extendían sobre la pared blanca. Mariposas negras como augurios de la muerte.

Días más tarde, el 5 de septiembre, murió el pintor Francisco Toledo en la ciudad de Oaxaca. Ta Min, como también le conocían en su natal Juchitán, fue uno de los grandes impulsores de la cultura en México: lo mismo defendió el maíz nativo, los árboles de un bosque, que voló papalotes con el rostro de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. Para despedirlo, la noche de su muerte, nos reunimos en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, quizá el legado más simbólico que Toledo dejó para el mundo.

En la calle, se oía “La Martiniana” mientras algunos se consolaban con un abrazo o una memoria de cuando lo conocieron. Incluso algunos gritos de tristeza se mezclaban con la música de un trío rodeado de personas tristes. Era el jolgorio fúnebre de quienes acudimos a una velación sin cuerpo presente.

Hileras y figuras de velas encendidas se multiplicaron sobre la banqueta y en los escalones del IAGO para despedir al artista, mientras la gente iba y venía esa madrugada para hacer guardia en el patio de bugambilias. Al atravesar por el pasillo, uno podía mirar algunos carteles que nos recordaban su activismo:

¡Oaxaca
No al maíz
Transgénico!

 

Premios CaSa en lenguas indígenas

 

Pero también al fondo del patio, se alzaba un altar improvisado con mazorcas, flores y la fotografía donde Toledo traza un grabado sobre placa metálica. Coronas de flores saturaron las paredes de ese lugar que, sin duda, era más solemne, sin música ni mezcal, sólo una mujer zapoteca que vestía enagua y huipil de luto.

La velada en su memoria duró hasta la madrugada, hubo tlayudas como recuerdo de la épica batalla que ganó para impedir que un McDonald´s se instalara en el centro de la ciudad. “Estamos huérfanos, Toledo es la muerte de una resistencia“, decían algunos. Pero también hay quien dijo “somos la semilla que sembró, nos toca defender su legado, el maíz, el arte, la cultura”. Mientras tanto, la gente también alzaba altares en Juchitán, ciudad derruida por el sismo de 2017 a la que Toledo apoyó en su reconstrucción.

Esa madrugada, los flamboyanes de la cercana iglesia de Santo Domingo presenciaron nuestro duelo y la forma en la que la gente, en un acto de tristeza y orgullo, renombró la calle con el nombre del artista. “Francisco Toledo”, leímos en un papel y todos aplaudimos. La tarde siguiente, un silencio extraño se mezcló con los ruidos del lugar. Bajo esos mismos flamboyanes, los adolescentes se besaban y movían sus piernas como si quisieran volar, eran parte de una generación que creció en la biblioteca del IAGO. Entonces miré que una parvada blanca surcaba el cielo. Ya no eran las mariposas negras y agoreras, sino aves blancas volando en un cielo plomizo que anunciaba la tormenta, justo cuando Francisco Toledo recorría las calles vuelto ceniza viajando con el viento, ceniza esparcida entre las flores de guie´ chaachi.

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