Volví a San José Mogote en 2025; la última vez fue en 1998. Esta vez hacía más calor. Subí el montículo y encontré la sombra de un árbol, algunas cactáceas, popó de perro seco y un paisaje amplio del Valle de Etla: San Agustín, la Ciudad de Oaxaca y en días claritos, hasta Monte Albán. Una delgada franja gris (de humedad o de smog, difícil saberlo) cubre el valle. Imaginé el lugar limpio, con una mesita y sillas sencillas — este árbol sería el refugio perfecto para tomar un cafecito o un chocolate.
Sorprende la cercanía de la pirámide grafiteada a las casas. Los tendederos de ropa recién lavada, los niños jugando, la carretera, la extracción de grava, todo dentro de un pueblo organizado y orgulloso de su herencia. El árbol se convirtió en una parada constante, casi obligada, en las visitas posteriores. Da sombra, sostiene nuestros sombreros y es el sitio predilecto de mi tocaya, Adriana Giraldo, para leer el Valle y contar la historia de San José Mogote.

Fui tres veces a San José Mogote antes de conocer el museo; siempre estaba cerrado. “Venga un jueves después de las 7 de la noche”, me dijeron en la tiendita del papá de Don Agustín, “a esa hora atiende el agente municipal”. Llegué el siguiente jueves, me presenté y lo conocí. Don Agustín es policía en el centro de Oaxaca, pero no siempre lo fue. Trabajó durante diez años con Enrique Fernández Dávila, el arqueólogo que conoce esta zona mejor que nadie. Así que se sabe historias de todo tipo: los fantasmas que aún visitan la ex hacienda; la defensa que ha hecho la comunidad de sus piezas arqueológicas más preciadas; los juegos de niños en la década del 80, cuando la pirámide era su patio trasero. Ahora, cuando voy a la comunidad, nos encontramos en la tiendita de su papá, frente a la agencia municipal, y de ahí caminamos. El otro día llegamos hasta las ruinas de la antigua estación del ferrocarril. Don Agustín habla de su infancia, de cómo era el pueblo; me muestra las casas de su familia: “Aquí la mayoría somos parientes”.

Bajo ese árbol que corona el montículo, Don Agustín me mostró lo grande que es la zona arqueológica. La mayoría sigue sin explorar ni limpiar, y probablemente así se quedará por un tiempo. La zona completa no se aprecia más que poniendo atención y escuchando la explicación de alguien que la conoce desde niño. Los cerros cubiertos de huizache sobre los que estamos parados son, en realidad, construcciones prehispánicas.

El Museo Comunitario de San José Mogote es excepcional; sorprende en cada vitrina (que no se entere el British Museum). Tiene el diablo enchilado, una figura tallada en jade; el Monumento 3 — el glifo más antiguo con escritura zapoteca; y urnas funerarias. “Hace unos años ofrecieron millones de pesos a la comunidad para llevarse unas piezas arqueológicas, pero todos dijimos que no”, me cuenta Don Agustín. Piedra tallada para la eternidad. Lipovetsky decía que el lujo es ‘mediador entre el hombre y la inmortalidad’. En este pueblo, la frase cobra sentido.
Atenas, Esparta y Corinto iniciaban su período clásico. Roma se fundaba. Los fenicios dominaban los mares. Y aquí, en los mismos años, el agua de la cuenca lo hizo posible: cultivos, una comunidad en crecimiento, las primeras estructuras de poder y el origen de lo que hoy llamamos Mesoamérica. Dos mil setecientos años después, Don Agustín nos cuenta la historia.
* Este post fue patrocinado por TOE Travel Studio *






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